A veces, la vida nos presenta encrucijadas que no comprendemos hasta que miramos hacia atrás. Si hoy me detengo a observar el camino recorrido, veo que mi historia no es solo una serie de títulos o logros académicos; es la historia de una curiosidad insaciable que comenzó en un hogar lleno de valores y terminó transformando la manera en que entiendo el potencial humano.

Las raíces de la curiosidad

Recuerdo mi niñez como un laboratorio constante. Crecí siendo hijo único de padres que, aunque con educación primaria incompleta, me dieron el regalo más grande: la certeza de que el esfuerzo y los valores son la única garantía del éxito verdadero. En un hogar donde el dinero escaseaba, mis juguetes eran pilas, focos y cables que mi abuelo Miguel me conseguía para armar mis primeros circuitos.

Desde los 4 años, el sistema tradicional me resultaba estrecho. Mi mente siempre buscaba relacionar lo aparentemente inconexo. A los 18 años, mientras el mundo escuchaba con temor la caída de la estación espacial SKYLAB, yo tomaba lápiz y reglas para calcular su trayectoria. Cuando la radio confirmó mi estimación tres horas después, comprendí que mi intuición tenía un fundamento empírico que debía explorar.

Disciplina, disrupción y el “loco enfocado”

Mi paso por la Fuerza Aérea Argentina no solo me brindó disciplina; me enfrentó a la realidad de la guerra de Malvinas y a la pérdida de compañeros, forjando en mí una perseverancia inquebrantable. Allí, fundé grupos de estudio sobre aeronáutica y astrofísica, demostrando que incluso en entornos rígidos, el pensamiento intelectual y disruptivo siempre encuentra un espacio.

Esa misma osadía me llevó años después a Xerox Argentina, donde mi fascinación por el cerebro me impulsó a crear el Proyecto COMPHUMANA. Quería construir un cerebro artificial integral. En la universidad, al principio, pocos lo entendían; me veían como un “loco enfocado”. Pero fue esa misma disrupción la que me llevó a escribirle a Marvin Minsky, el padre de la Inteligencia Artificial en el MIT, quien para asombro de mis mentores, me felicitó y me alentó a seguir adelante.

El punto de quiebre: El despertar del propósito

En 2009, mi vida cambió para siempre. Tras sufrir un shock anafiláctico, pasé seis días en coma profundo y un paro cardiorrespiratorio de un minuto y medio. Al despertar, mi perspectiva dio un giro radical. Entendí que mi misión no era solo entender la “computadora humana”, sino ayudar a las personas a crecer en el SER.

Observé que el coaching tradicional a veces carecía de una base científica sólida. Así, tras 14 años de investigación y un doctorado, desarrollé el Coaching Científico “Gestor Integral de Talento”. Mi objetivo era claro: crear herramientas de precisión, como el TNO (Tablero Numérico Observacional), capaz de evaluar el perfil de liderazgo y la estabilidad emocional de una persona en solo 8 minutos con una precisión de hasta el 100%.

Mirando hacia el futuro

Hoy, mi propósito sigue expandiéndose. Como Formador de Coaching y Consultor, sigo convencido de que los negocios del futuro estarán basados en la ciencia. Por ello, he decidí hace cierto tiempo sumergirme en el estudio de la Física Cuántica, buscando siempre nuevas formas de aportar bienestar a la humanidad.

A quienes me preguntan qué me motiva después de más de 25 años de carrera, siempre les respondo con la misma convicción que tenía aquel niño que armaba circuitos en el suelo: tus sueños no se negocian. Solo hace falta enfoque, pasión y el valor de ser trascendente.

¿Estás listo para descubrir tu mejor versión?

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